Práctica 5. Lectura de una entrevista: Benedetti en A Fondo
El 6 de agosto de 1978, el periodista español Joaquín Soler Serrano entrevistaba al escritor uruguayo Mario Benedetti en el ya emblemático programa A fondo. El episodio se iniciaba, como no podía ser de otra manera, con la recitación de unos versos de «Soledades», uno de los poemas incluidos en Poemas de otros (1974): «A veces no me siento tan solo/ si imagino, / mejor dicho, si sé, / que, más allá de mi soledad y de la tuya / otra vez estás vos. / Aunque sea preguntándote a solas / qué vendrá después de la soledad».
El entrevistador no duda en elogiar la multiplicidad de géneros literarios en los que el uruguayo se atrevió a incursionar, llegando a publicar obras poéticas, teatrales, narrativas, ensayísticas, de crítica literaria y periodísticas. Sin embargo, el propio autor se ha considerado siempre —y así lo confiesa— fundamentalmente poeta y narrador. En aquellos años setenta, su producción superaba ya las cuarenta obras; en el momento en que se escribe esta entrada, la cifra asciende aproximadamente a un centenar.
Tras este breve preámbulo, la conversación nos conduce a la infancia de Benedetti, quien vio la luz en septiembre de 1920 en la pequeña localidad de Paso de los Toros, de la que conserva apenas algunos recuerdos difusos debido a su temprano traslado a Tacuarembó y, posteriormente, a Montevideo, con tan solo cuatro años. Tal vez por el recuerdo idealizado que de la infancia atesoramos, desconcierta el tono con el que el entrevistado declara: «Proust iba en busca del tiempo perdido en la infancia. Para mí, también fue un tiempo perdido que no tengo ningún interés en ir a buscar» (Benedetti, 1978). Se trata, según confiesa, de un periodo marcado por el descenso familiar a la miseria y por las tensas relaciones entre sus progenitores, mitigado únicamente por la camaradería del colegio alemán en el que cursó la educación primaria.
De la biografía personal, la entrevista se desplaza hacia su querido «paisito» y ofrece un recorrido por la situación sociopolítica de Uruguay, tres años después del golpe de Estado. Benedetti evoca, entre otros nombres, las figuras de Artigas —a quien considera héroe nacional— y de José Batlle y Ordóñez, promotor del Uruguay liberal. No obstante, aunque gran parte de su obra está impregnada de compromiso social, el escritor confiesa que no fue hasta su viaje a Estados Unidos, en 1959, cuando su conciencia política comenzó a aflorar, a raíz de la discriminación que presenció hacia las comunidades latinoamericanas y afroamericanas. De algún modo, esta experiencia transformó la mirada con la que contemplaba su realidad nacional, dando forma a preocupaciones que cristalizarían en obras como El país de la cola de paja (1960).
La creación literaria, esa pulsión que lo acompañó desde la infancia, comenzó a adquirir un carácter profesional en 1945 con la publicación de su primera obra, La víspera indeleble, de la que hoy reconoce no sentirse especialmente orgulloso. Durante las décadas de 1940 y 1950, tras haber desempeñado diversos oficios, ocupó también cargos relevantes en el ámbito editorial y periodístico: fue director de la revista Marginalia, miembro del consejo de redacción de Número y responsable de la sección literaria del semanario Marcha, donde sus crónicas humorísticas, firmadas bajo el pseudónimo de Damocles, alcanzaron notable reconocimiento.
Soler Serrano interpela al poeta acerca de Poemas de la oficina (1956), obra que señala como una de las primeras irrupciones verdaderamente deslumbrantes en el ámbito de la poesía uruguaya, hasta el punto de provocar un giro sustancial en su tradición. Por vez primera, los lectores podían reconocerse en unos versos que dejaban atrás la distancia retórica para acercarse, con una naturalidad inédita, a la experiencia cotidiana del pueblo. Junto a La tregua (1960) y Montevideanos (1961), estas obras —inscritas en géneros diversos— configuran lo que ha dado en llamarse «el ciclo de la oficina».
No todo en la vida del escritor fue un camino expedito. Hubo de afrontar distintos exilios a causa de la dictadura militar que asolaba su país: primero en Argentina, donde recibió amenazas de muerte; luego en Perú, donde fue detenido y deportado; más tarde en España y en Cuba, país en el que formó parte del consejo de dirección de Casa de las Américas y donde pudo observar de cerca el desarrollo cultural impulsado por la Revolución cubana. Paralelamente, algunas de sus obras también padecieron una suerte de exilio editorial, al verse obstaculizada su publicación, como ocurrió con Gracias por el fuego (1965), sometida a la censura española.
Mientras comentan los libros que pueblan las estanterías del plató, la conversación se apaga gradualmente hasta concluir del mismo modo en que comenzó: con la recitación de unos versos. En esta ocasión, pertenecen a «Cumpleaños en Manhattan», incluido en Poemas del hoyporhoy (1961): «Este cumpleaños / no es / mi verdadero / porque este alrededor / no es / mi verdadero / los cumpliré más tarde / en febrero o en marzo / con los ojos que siempre me miraron / las palabras que siempre me dijeron / con un cielo de ayer sobre mis hombros / y el corazón deshilachado y terco».


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