PRÁCTICA 13. EDUCACIÓN EN 2050 «LA PRUEBA FINAL»


Me llamo Adrián y nací en el año 2032, cuando la escasez ya formaba parte de la vida cotidiana. Nunca conocí los supermercados llenos de comida ni los bosques extensos que aparecen en los antiguos archivos históricos. Mi generación creció entre restricciones, racionamientos y mensajes gubernamentales repetidos hasta la saciedad. Desde que tengo memoria, una frase presidía nuestras escuelas, nuestras pantallas y nuestras vidas: «La supervivencia de la humanidad depende de la eficiencia». En 2050, esa idea gobierna el mundo.

Tras décadas de crisis climáticas, guerras por los recursos y colapsos económicos, la población mundial alcanzó un punto crítico. La Tierra ya no podía sostener el ritmo de consumo de generaciones anteriores. Los gobiernos desaparecieron y fueron sustituidos por el Consejo de Eficiencia Global, una autoridad que reorganizó la sociedad siguiendo un principio sencillo: cada persona debía justificar su existencia mediante su utilidad.

La educación se convirtió en la herramienta principal para conseguirlo. Cuando cumplí diez años, me sometieron a la Evaluación de Aptitudes. Recuerdo una sala blanca, sensores conectados a mi cabeza y cientos de preguntas destinadas a analizar mi mente. Al finalizar, una pantalla anunció mi destino: Tecnología de Datos. A partir de aquel día dejé de ser simplemente Adrián. Me convertí en un recurso.

El sistema educativo ya no buscaba formar ciudadanos, sino clasificarlos. Existían seis disciplinas fundamentales: Ingeniería, Salud, Producción Agrícola, Seguridad, Tecnología de Datos y Gestión de Recursos. Cada niño era asignado a una de ellas y pasaba el resto de su formación preparándose para desempeñar una función concreta dentro de la sociedad. Las familias quedaban separadas. Los hermanos podían ser destinados a academias distintas y verse apenas unas pocas veces al año. Las amistades desaparecían con facilidad. Los sentimientos eran considerados una distracción improductiva.

Durante ocho años estudié algoritmos, inteligencia artificial y sistemas de control poblacional. Aprendí a procesar enormes cantidades de información y a optimizar recursos para millones de personas. Pero también aprendí algo más. Aprendí a vivir con miedo.

Todos conocíamos la existencia de la Prueba Final. Los profesores la describían como una evaluación necesaria para garantizar la excelencia. Los medios aseguraban que era el mecanismo que permitía preservar el equilibrio de la humanidad. Sin embargo, entre los estudiantes circulaba una verdad mucho más simple. Quienes quedaban por debajo de la media eran sacrificados.

El gobierno utilizaba expresiones como «reintegración biológica» o «redistribución demográfica», pero nadie se dejaba engañar. Sabíamos perfectamente lo que significaban aquellas palabras. Muerte. A medida que se acercaba mi último curso, el miedo comenzó a instalarse dentro de mí como una enfermedad silenciosa. Cada examen parecía recordarme que mi vida dependía de un número.

Fue entonces cuando conocí mejor a Clara. Habíamos coincidido durante años en varias asignaturas, pero durante aquel último curso nos volvimos inseparables. Ella era brillante, curiosa y poseía algo que el sistema intentaba eliminar: la capacidad de cuestionarlo todo. Yo esperaba con impaciencia los momentos que compartíamos. Cuando entraba en el aula, tenía la extraña sensación de que todo resultaba más fácil. Nunca le confesé lo que sentía. En una sociedad que valoraba la productividad por encima de cualquier emoción, el amor parecía una debilidad peligrosa. Una tarde, mientras observábamos los invernaderos artificiales desde una ventana de la academia, mantuvimos una conversación que jamás olvidaría.

—¿Nunca te has preguntado si esto tiene sentido? —me preguntó sin apartar la vista del cristal.

—¿El qué?

—Todo. Las disciplinas, las pruebas, la competencia constante. Nos dicen que estudiamos para construir el futuro, pero vivimos aterrorizados.

—Si no existiera este sistema, quizá no quedaría comida para nadie.

Clara sonrió con tristeza.

—Eso es exactamente lo que quieren que pensemos.

—¿Y tú qué crees?

—Creo que una sociedad que educa a los jóvenes para sacrificarlos no merece llamarse civilización.

La observé en silencio.

—A veces pienso que eres demasiado valiente para este mundo.

Ella soltó una pequeña carcajada.

—Y yo creo que tú eres mucho mejor de lo que crees, Adrián.

Aquellas palabras me acompañaron durante semanas.

Llegó el día de la Prueba Final. Miles de estudiantes ocupábamos nuestros puestos en una enorme sala circular. Frente a nosotros flotaban los dispositivos holográficos que contenían los exámenes personalizados. Las pruebas parecían diseñadas para llevar nuestra mente al límite. Problemas matemáticos imposibles, simulaciones estratégicas complejas y dilemas éticos sin solución aparente.

En una de las últimas secciones ocurrió algo extraño. La pantalla parpadeó durante unos segundos. Por un instante aparecieron datos pertenecientes a una fase posterior del examen. Eran patrones de resolución y fragmentos de respuestas que jamás debería haber visto. El error desapareció casi inmediatamente. Mi primera reacción fue ignorarlo. Sin embargo, cuando llegué a aquellas preguntas, reconocí parte de la información. No recordaba todos los detalles, pero sí los suficientes para orientarme. Seguí adelante. No informé del fallo. Me convencí de que aquello no cambiaría nada.

Tres días después anunciaron los resultados. Miles de jóvenes observábamos la pantalla gigante del Auditorio Nacional. Cuando apareció mi nombre, sentí un enorme alivio. Había aprobado. Por tres décimas. Entonces busqué el nombre de Clara. Lo encontré unos segundos después. No había alcanzado la puntuación necesaria. Había quedado por debajo de la media. Por dos décimas. Sentí un frío insoportable recorriéndome el cuerpo. Recordé el fallo de la pantalla. Las tres décimas que me habían salvado. Las dos décimas que a ella le habían faltado. Quizá no existía ninguna relación entre ambos hechos. Quizá sí. Nunca lo sabría. Pero la culpa se instaló en mi interior para siempre.

Cuando los estudiantes seleccionados fuimos conducidos hacia la salida principal y los demás caminaron hacia las puertas negras del fondo del auditorio, quise correr hacia ella. Quise decirle que admiraba su valentía. Que llevaba meses enamorado de su inteligencia y de su forma de desafiar al mundo. Y que tal vez yo estaba ocupando un lugar que le pertenecía. Pero no fui capaz. Al pasar junto a mí, Clara giró la cabeza y me dedicó una pequeña sonrisa. Fue la última vez que la vi.

Aquella misma noche accedí a los servidores secretos del Consejo utilizando mis privilegios como graduado de Tecnología de Datos. Necesitaba respuestas. Necesitaba saber si Clara había muerto por culpa de un sistema injusto o por culpa de mi silencio. Lo que descubrí fue aún peor. La escasez existía, pero no justificaba los sacrificios masivos. Había recursos suficientes para mantener con vida a millones de personas más. Los informes demostraban que las ejecuciones no eran una necesidad. Eran una herramienta de control.

El Consejo había comprendido décadas atrás que una población aterrorizada obedecía mejor. El miedo convertía a los ciudadanos en competidores, eliminaba la disidencia y transformaba la educación en una máquina perfecta de sometimiento. Comprendí entonces que había pasado toda mi vida preparándome para superar el examen equivocado. La verdadera prueba comenzaba en ese momento.

Frente a la pantalla iluminada, observé por última vez la fotografía de Clara almacenada en los registros académicos. Después abrí un canal de comunicación clandestino. Sabía que, si enviaba aquel mensaje, me convertiría en enemigo del sistema. Pero también sabía que guardar silencio me convertiría en cómplice. Por primera vez en toda mi vida decidí actuar como una persona y no como un recurso. Respiré hondo. Y pulsé «Enviar».

La revolución acababa de empezar.

Notas sobre el uso de la IA:

Para la generación de este relato he empleado la Inteligencia Artificial ChatGPT, a la que le he sugerido este primer prompt en el que se aportaban instrucciones precisas sobre el contenido, la extensión y el referente cinematográfico en el que podía basarse la IA para la escritura del relato: Escribe un relato literario de entre 600-700 palabras sobre cómo sería la educación en el año 2050. Tienes que plasmar un futuro distópico en el que la educación divide a la población en disciplinas y oficios, tomando como modelo la trilogía de Divergente. Al final de la formación académica, los alumnos y alumnas que estén por debajo de la media serán sacrificados, puesto que la superpoblación se ha convertido en un problema ante la falta de recursos en todo el planeta.   

La primera opción de relato sugerido por ChatGPT pecaba de explicativa y era muy poco personal, por lo que se le ha sugerido emplear un tono autobiográfico que ha mejorado notablemente la redacción. A partir de aquí se ha le han propuesto también otras ideas encaminadas a la mejora de la trama y el estilo en que estaba escrito el relato, como la potenciación de la relación entre los dos personajes principales, la inclusión de un posible sentimiento de culpa que provoque un conflicto mayor en el protagonista y la combinación de una redacción más autobiográfica o testimonial con algún diálogo entre personajes.

Una vez incluidos estos cambios, la IA ha proporcionado un resultado muy ajustado a mis exigencias con el que estoy muy satisfecha, a pesar de que haya ignorado la instrucción que hacía referencia a la extensión del relato produciendo uno con el doble de extensión. Por aquí adjunto la conversación mantenida con ChatGPT para la generación del relato definitivo: https://chatgpt.com/share/6a21cc32-24d4-83eb-bb9a-fbe6d987886a

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