Práctica 13. «Quizá esto sea la Literatura en 2050»
Cuando mi abuela me pregunta cómo son las clases en el instituto, siempre sonríe antes de escuchar la respuesta. Dice que en su época los alumnos llevaban mochilas pesadas, escribían en cuadernos de papel y copiaban apuntes de una pizarra. Yo intento imaginarlo, pero me resulta tan extraño como pensar en carruajes tirados por caballos.
Esta mañana, como cada martes, he llegado al aula de Lengua y Literatura Española unos minutos antes de que comenzara la clase. La puerta se ha abierto al reconocer nuestras identidades y el espacio se ha iluminado poco a poco, como si despertara con nosotros. No hay filas de pupitres. Tampoco una mesa para la profesora. El aula es una sala amplia, rodeada de paredes inteligentes capaces de transformarse según el tema que estemos estudiando.
Nuestra profesora, Clara, nos ha saludado con una sonrisa mientras aparecía ante nosotros el programa de la sesión suspendido en el aire. No era una pantalla, sino una proyección holográfica tan nítida que parecía tangible.
—Hoy viajaremos al Siglo de Oro —ha anunciado.
Las luces se han atenuado y, en apenas unos segundos, las paredes del aula han desaparecido. O, al menos, esa ha sido la sensación. De pronto nos encontrábamos en una calle empedrada de Madrid, bajo un cielo azul atravesado por el vuelo de algunas golondrinas. A nuestro alrededor surgían vendedores ambulantes, carros y fachadas antiguas recreadas con una precisión asombrosa. No era un videojuego ni una película. Era una simulación inmersiva diseñada para aprender literatura viviendo sus contextos.
Caminamos por aquella ciudad del siglo XVII mientras una inteligencia artificial histórica nos explicaba cómo era la vida cotidiana de la época. Algunos compañeros hacían preguntas y las respuestas aparecían integradas en la propia escena. Yo observaba fascinada cómo la literatura dejaba de ser un conjunto de nombres y fechas para convertirse en algo vivo.
La actividad principal consistía en entrevistar a varios personajes recreados a partir de documentos históricos. Mi grupo tuvo la suerte de encontrarse con una versión virtual de Miguel de Cervantes. Sabíamos que no era realmente él, por supuesto, pero el sistema había sido entrenado con sus obras, cartas y estudios académicos para reproducir de manera aproximada su forma de pensar y expresarse.
—¿Por qué sigue leyéndose el Quijote tantos siglos después? —pregunté.
El escritor sonrió.
—Porque los seres humanos continúan persiguiendo sueños imposibles.
La respuesta quedó resonando en mi cabeza mucho después de que terminara la conversación. Más tarde, la simulación desapareció y regresamos al aula. Entonces comenzó la parte que más me gusta. Cada estudiante activó su asistente de escritura personal, una inteligencia artificial educativa que no hace el trabajo por nosotros, sino que nos acompaña durante el proceso creativo. Nuestro reto era escribir una breve escena inspirada en el universo cervantino.
Mientras redactaba, mi asistente me sugería recursos expresivos, me recordaba algunas figuras literarias y me planteaba preguntas para profundizar en los personajes. Sin embargo, la decisión final siempre era mía. La profesora insiste en que la tecnología puede ayudarnos a escribir, pero nunca sustituir nuestra imaginación.
Cuando terminamos, varios relatos fueron proyectados en el centro del aula. Los leímos en voz alta y comentamos entre todos los aspectos más interesantes. Las inteligencias artificiales analizaban el estilo, la coherencia narrativa y la riqueza léxica, pero la valoración más importante seguía siendo la humana. Escuchábamos las emociones que transmitían los textos, discutíamos sus interpretaciones y defendíamos nuestras opiniones. Fue entonces cuando comprendí algo que nuestra profesora repite a menudo: cuanto más avanzada es la tecnología, más importante se vuelve la capacidad de comprender a las personas.
La última parte de la clase estuvo dedicada a la lectura compartida. Cada alumno eligió el formato que prefería: texto tradicional, audiolibro inmersivo o experiencia multisensorial. Yo escogí la lectura clásica. Me gusta ver las palabras aparecer ante mí sin adornos, como si pudieran hablar por sí mismas.
Antes de sonar el aviso de finalización, Clara nos pidió que respondiéramos a una pregunta:
—¿Qué puede enseñarnos hoy la literatura escrita hace cuatrocientos años?
Las respuestas comenzaron a aparecer flotando sobre nuestras mesas digitales. Algunas hablaban de la libertad, otras de la justicia o del amor. Yo escribí una frase sencilla: "Nos enseña que cambian las herramientas, pero no las personas."
La profesora la leyó en silencio y asintió. Cuando salí del aula, los hologramas ya se habían apagado y las paredes habían recuperado su aspecto habitual. Sin embargo, seguía pensando en Cervantes, en sus personajes y en aquella conversación imposible que acabábamos de mantener.
Quizá esto sea la literatura en 2050. No una tecnología extraordinaria. No una simulación perfecta. Sino la capacidad de escuchar voces lejanas y descubrir que, a pesar de los siglos transcurridos, siguen teniendo algo que decirnos.



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